dilluns, 4 de juliol de 2016

Educación, violencia, permisividad y deseo

Reproduïm l'article que es va publicar al Fapelnews Núm. 3


Per Josep Miró i Ardèvol, exdirector del Centre d’Investigaciói Desenvolupament Empresarial- Institut d’Estudis del Capital Social (CIDE-INCAS)


Educar significa trasmitir códigos morales y actitudes éticas que permitan dar sentido a la vida del adolescente, la encaucen y la doten de recursos para controlar sus dos principales impulsos, el de su libido y el de la destrucción. Hablar –educar– sobre el sexo, no es sinónimo de permisividad y libertad de acción como nuestra sociedad confunde, sino precisamente todo lo contrario. Los graves problemas que paralizan la sociedad occidental, son consecuencia de la ideología dela desvinculación que nos invade y domina. Desvinculación en el sentido de que la realización personal es vista únicamente en función del deseo ante el que todo vínculo, norma, institución, compromiso personal, debe supeditarse o ser roto.

Un número creciente de padres están preocupados por sus hijos adolescentes. Pero no solo ellos, también educadores, científicos sociales, medios de comunicación. Solo quienes nos gobiernan parecen poco sensibles a lo que sucede. Se dice, y es cierto, que se trata de un problema educativo, pero esto no es decir mucho. Educares simplemente “conducir”; la cuestión esa dónde, su sentido. Una instancia importante, el Consejo de Estado, nos da una pista cuando en su crítica demoledora del proyecto de Ley sobre la enseñanza, afirma que estaba falto de toda referencia a los valores básicos como “el deber de estudiar” y la cultura del esfuerzo y, excesivamente condicionado por lo nuevo. Desde hace un cierto tiempo, explico y aplico un diagnóstico: nuestros problemas son consecuencia de la ideología de la desvinculación que nos invade y domina. También el grave problema de la educación de la adolescencia. Desvinculación en el sentido de que la realización personales vista únicamente en función del deseo ante el que todo vínculo, norma, institución, compromiso personal, debe supeditarse o ser roto. Es un problema de Occidente y sobre todo de buena parte de Europa, pero solo en el caso de España, esta cultura de masas nacida a finales delos años sesenta del siglo pasado, se ha transformado en proyecto político.

Esta concepción confiere un papel determinante al sexo y sin quererlo, pero por la misma lógica hacedora, a la violencia y vandalismo, al impulso destructivo. Freud, que está en el origen de aquellos planteamientos de la revolución cultural de los sesenta, lo explicó con precisión cuando expuso que la felicidad, que es difícil y fugaz, se alcanza en su grado máximo en las relaciones sexuales. Freud daba a este término un sentido muy amplio, pero en este caso se refería, porque así lo precisó, a la “sexualidad (genital)”. La cultura y las instituciones limitan esa capacidad para el goce, explicó.

De este hilo conductor sale la concepción ideológica del deseo como proyecto político, propio de los sectores que ya militan en el post-socialismo. Pero Freud dice mucho más que eso. Efectivamente creía en la libertad para hablar de sexo, pero atención, no postulaba la libertad de actuar. No creía en lo que hoy llaman libertad sexual. Las teorías freudianas, como explica el profesor de Psiquiatría de la Harvard Medical School, Armando Nicholi, sostienen que poseemos dos instintos básicos que generan tensiones, el Eros, al que también denominó libido y el instinto de destrucción. Freud defendía enseñar a los niños unos estándares altos de moral y que la sociedad hiciera cumplir estos preceptos para controlar ambos impulsos. En su obra “El Malestaren la cultura” escribió que una comunidad actúa con plena justificación cuando prohíbe una conducta sexual a los adolescentes, por una razón que en nuestro tiempo llama la atención: “pues la contención de los deseos sexuales del adulto no ofrecerían perspectiva de éxito si no fuera facilitada por la labor preparatoria en la infancia”. Y precisaba: “Las obligaciones morales referentes a la sexualidad deberían ser dadas en el momento de la confirmación (religiosa)”, lo que viniendo de un ateo no deja de proyectar un interrogante de interés. Quizás asumía avant letrela idea de Ratzinguer: “Tanto si crees en Dios como si no, compórtate como si Dios existiera”, porque la ética cristiana es la portadora de sentido para nuestra ética cívica.

En resumen, educar es trasmitir códigos morales y actitudes éticas, que den sentido a la vida del adolescente, la encaucen y la doten de recursos para controlar sus dos principales impulsos, el de su libido y el de la destrucción. Hablar –educar– sobre el sexo, no es sinónimo de permisividad y libertad de acción como nuestra sociedad confunde, sino precisamente todo lo contrario. El impulso destructivo en demasiados adolescentes que daña la enseñanza, dificulta la integración social y preocupa a los padres, está ligado a la permisividad sobre la conducta, también la sexual.

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