dimecres, 25 de març de 2020

Apoyar a las personas con discapacidad intelectual en el desarrollo de su vida afectiva y sexual


Guadalupe López MuñozPsicóloga, experta en Educación Afectiva y Sexual y monitora de la Fundación Desarrollo y Persona
Durante mucho tiempo no se ha reconocido la sexualidad de las personas con discapacidad intelectual. Se ha tenido durante muchos años la concepción de que las personas con discapacidad intelectual eran “como niños o como niñas” en todos los aspectos de la vida, tanto en lo que se refiere a su capacidad de tomar decisiones o ser autónomos en aspectos de la vida diaria, como por supuesto y me atrevería a decir, sobre todo, en la dimensión afectiva y sexual de su persona. En este aspecto han existido y existen numerosos mitos y miedos que son necesarios desechar.
La sexualidad es ser y estar en el mundo como hombres y mujeres, es una dimensión inherente a la persona humana. Es un elemento básico de la personalidad, un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano (González Rico, N. Martín Navarro, T. Aprendamos a amar. Ed. Encuentro pág.16 y 17). Desde que nacemos hasta que morimos vivimos en un cuerpo sexuado a través del cual percibimos el mundo que nos rodea, sentimos y nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
La discapacidad no puede conformarse en rasgo definitorio exclusivo de la persona, nunca puede definirla. Centrarnos en sus capacidades, en sus derechos, en su deseo de relacionarse con otros, de tener una vida digna, ajustada a sus capacidades y lo más normalizada posible, nos hace abordar su educación afectiva y sexual como una dimensión más de su persona.
El hombre no puede vivir sin amor, nos dice la Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española (“La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad”, 2001). Y nos dice cómo la vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.
El ser humano necesita relacionarse con otros y esa relación la establecemos como hombres o como mujeres. La vida afectiva y sexual es la vida de nuestras relaciones con otros, con nuestra familia, con nuestros amigos, con nuestra pareja y con nosotros mismos.
Las personas con discapacidad intelectual y/o del desarrollo necesitan un acompañamiento personal, individualizado y ajustado a sus capacidades, sus motivaciones y sus propias necesidades de apoyo, acompañamiento en su propio crecimiento y en su proceso de madurez hacia la vida adulta, qué mejor acompañamiento que el que pueden ofrecerles la familia y una buena formación apoyada en valores y principios que fomenten el respeto hacia sí mismo y hacia los otros, la sexualidad, las expresiones de afecto, la comprensión de los propios cambios corporales, etc.
El 13 de diciembre de 2006 se aprobó la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad que ha supuesto la superación de la perspectiva asistencial para abordar una basada en los derechos humanos, pasando así a considerar a las personas con discapacidad plenamente como sujetos de derechos. Actualmente hay modelos teóricos y metodologías de apoyo centradas en la persona, que se dirigen al bienestar, la calidad de vida y se apoyan en la autodeterminación. Desde este modelo y teniendo en cuenta lo que ya explicitó la AAMR en el 2002 (Asociación Americana sobre Retraso mental, hoy Asociación Americana de discapacidad intelectual y discapacidades del desarrollo, AAIDD) sobre cómo la discapacidad intelectual está positivamente afectada por los apoyos que se le prestan, está justificado el apoyar a las personas para que puedan desarrollarse integralmente y desarrollar por tanto, su dimensión afectiva y sexual y vivir una vida rica y plena en sus relaciones consigo mismo y con los demás.
Por encima de sus diferencias, la persona con discapacidad intelectual es hoy un ciudadano de pleno derecho, con necesidades, derechos y obligaciones y con un gran deseo de amar y ser amado. Si hablamos de calidad de vida y queremos apoyar a las personas con discapacidad a lograr su desarrollo integral, es necesaria una apuesta seria y llevada a la práctica basada en la formación y el acompañamiento individual tanto de las personas con discapacidad intelectual como de sus familias. Una bella tarea que es importante y urgente abordar desde unos valores y principios que orienten su desarrollo hacia la plenitud de su dignidad.

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